martes, agosto 9

Me duele el cerebro.


En sentido figurado, claro. Ya se yo que el cerebro en sí no puede doler, lo aprendí el semestre pasado, pero de verdad que me molesta tanto la cabeza que siento como si mis sesos estuvieran en medio una revolución descomunal. Ayer por la tarde dormí tres horas y por la noche cerca de diez. Hoy no quise ir a la Facultad porque los horarios son un desastre y no me sentía de ánimos de pasar otro día sin una sola clase allá (como ayer), así que preferí quedarme en casa a dormir hasta tarde, comenzar a leer para las clases de mañana y evadir el horrendo sol que hace por estas épocas.

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