viernes, junio 1

30/05

Tres de la tarde con cinco minutos pasados y me doy cuenta de que soy la última paciente del día. Espero más de media hora sentada, aturdida, escuchando a un señor decirme diez veces que soy realmente guapa. "Estás muy bonita, ¿por qué estás aquí? No deberías...", me dice. "Bueno, un rostro lindo no resuelve los tormentos de hace años", respondo yo. Continúa intentando sacarme plática, el número de teléfono y vaya a saber que otras cosas hubiera intentado sacarme de no haber estado sentados afuera de aquel consultorio número 11. Ni me inmuto, tomo el móvil sin crédito e intento ignorarlo respondiendo únicamente con monosílabos. Faltan diez minutos para las 4pm y es mi turno de entrar. Advierto con rapidez: la doctora es alta y delgada, de tez morena, usa el cabello un poco más arriba de los hombros y tiene una cara un poco menos que preciosa. Le robo su tiempo y ella me escucha, se involucra, me hace sentir como si ése lugar fuera mi cafetería favorita y no el único consultorio del tipo del primer piso en aquél hospital universitario. No me apura. Continúa escuchando mis historias y participa activamente para no perderme los hilos. Acto seguido escribe las recetas (muchas gracias, démelas ya) y cuando lo cree conveniente, me da un apretón de manos y me despide en medio de palabras reconfortantes.


Me he enamorado de las ganas de querer re no var me.

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