martes, febrero 12

Una lacra fosforescente

Nos veíamos casi todos los días. Claro, no todo era helado. Nos reíamos bastante, cantábamos mucho, actuábamos video clips en el departamento. Poníamos la camarita apoyada en algún lugar y hacíamos como “cámaras ocultas” con nosotros mismos de protagonistas. Él sabía que yo lo grababa. A la noche, cuando se iba me ponía a descargar los videitos en la computadora.

Habré mirado cada video unas cien veces. Me los aprendía de memoria, me sabía que iba a venir después de cada gesto, de cada movimiento. Así aprendí a conocerlo mejor, saber como pensaba. Los videitos me ayudaban a analizar lo que quería decir cuando hablaba y lo que quería decir cuando se quedaba callado. Yo creo que él creía que yo me olvidaba de la cámara, y estoy segura de que él mismo se olvidaba que ahí estaba. Pero no. Yo estaba pensando en cada segundo: “Como voy a disfrutar reviviendo estos momentos cuando Picasso se vaya”.

Y es que pensándolo bien, deberíamos tener un chip en el cerebro donde se grabaran todas las cosas que nos importan. Por ejemplo, las charlas con gente que nos gusta, los primeros besos, las primeras veces en el sexo, las mejores veces en el sexo, los recitales a los que fuimos y amamos, las cosas que dijimos, los paisajes que vimos. Por ejemplo, yo quisiera tener imágenes de mi infancia y no las tengo. Me acuerdo que no tenía muchas amigas, justo como ahora, pero no me acuerdo mas que eso. De mi hermano mucho no puedo decir, casi no lo conozco. Si tuviera ese chip me podría ver siendo chica y autocorregirme para el futuro. Quiero ver a mis viejos queriéndome de bebé, aunque ahora no me llamen.

Y otra cosa que quisiera tener, si Dios cumpliera deseos idiotas como este, sería una cámara oculta para pegársela en el cuerpo a Picasso para saber dónde, cómo y con quién está y haciendo qué. Pero esas ya son pavadas. Me basta mi diario íntimo, mi Facebook y mis videos caseros. Estoy dejando una huella en la historia. Huellitas que ningún sociólogo encontrará interesante ni en un billón de años, pero es mi huella y ahí está.

Unas semanas después, Picasso ya era un inquilino más en mi departamento. Un habitué de mi vida que no pedía más que helado. Había traído al edificio su guitarra y una plantita. Me pareció una actitud hogareña y de tibieza hasta que me soltó: “es una sandstorm, ¿te la podés quedar un tiempo que en mi casa no dá?”. Era una planta de marihuana. No quería hacer nido conmigo, pero quería que le tuviera su plantita. Pensé: nadie es perfecto. Empecé a invitarlo a dormir. Todos los días cuando me levantaba chequeaba que no tuviera mensajes en el mail, ni en el celular, ni en Facebook, ni en msn, ni en el correo de voz, ni en el buzón postal (nunca perdí las esperanzas de que algún hombre, ¿por qué no él?, me mandara una carta en serio). A decir verdad, la vida es loca. Hay tantos medios para comunicarse que uno termina perdido. Y si te olvidaste de chequear una de esas cosas, una sola, seguramente ahí está el mensaje importante del día.

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