martes, marzo 12

Día 1

"No se supone que dolería tanto", dijo enjugándose las lágrimas con rabia y desprecio. Vistazo detallado al espejo: su hermoso cabello negro estaba un toque más que despeinado, el rostro mostraba una patética tonalidad colorada y los ojos yacían inflados en medio de dolor y lágrimas retenidas. Dolor punzante y estómago revuelto. Volvió a la cama y con un torpe movimiento acercó un cubo para vomitar en él. Era la cuarta vez que lo hacia en menos de diez horas. Se incorporó y revisó el móvil. Abrió la aplicación de mensajes instantáneos y sin mirar a los otros destinatarios, se dirigió al único nombre que le interesaba. Recorrió el historial de conversación hasta que se cargaron un montón de mensajes antiguos. Antiguos y tintados de corazones rojos reventándose de amor. Hace veinticuatro horas recibió el último "te amo", al contraste de los "te odio" y "desearía jamás haberte conocido" recibidos aquella mañana. Sabía que había fallado pero no perdió la consciencia de que fue sin intenciones. Punzada dolorosa de nuevo. Una, dos, tres, cuatro lágrimas cayeron inesperadamente de sus ojos. Miró rápidamente al reloj y advirtió que habían pasado tres minutos del medio día. Era una lastima que no había parado de llorar desde hacía trece horas (a excepción de las cuatro que gastó durmiendo la noche pasada). La cabeza le reventaba de dolor  y la tristeza quemaba sus venas. Los insultos traerían secuelas importantes. Ana, la del hermoso cabello negro, no era falsa. Y sin embargo lo creyó porque él sé lo dijo, mezclado dulcemente en un enorme cóctel de insultos. Ansiaba no dejar de saborear la dulzura del desprecio y no sería complicado lograrlo: cinco timbres al móvil. Buzón de voz. De nuevo: dulce dolor.

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