viernes, marzo 22

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Terminamos de debatir el asunto de la medicación y, acto seguido, dispone del reciente silencio para mencionar que en ese momento está en conversación con su obsesión. Pregunto si su obsesión tiene nombre y (tan maldita que es la obviedad) responde que sí. "Está jodido", susurra. Prosigue, ahora con un toque de mayor volumen en su voz, diciendo que le recuerda a sus viejas épocas llenas de matices grises y que le hace mal no poder ayudarlo. "Habla de irse lejos, de dejarlo todo...". Comienza su cuerpo a oscilar levemente y se lleva las manos cruzadas al pecho, como queriendo contener un corazón que explota por salírsele. Interrumpo para intentar tranquilizarle pidiéndole que por favor respire  y se controle, y al parecer lo logro al cabo de unos cuantos minutos. Le incito a que le invite a un sitio pacífico para que puedan hablar personalmente. A causa del temor refuta inicialmente, pero después termina cediendo y concluye en que es lo mejor. Sigo escuchando sus palabras, recitadas con un tono progresivamente sereno, hasta que mira de reojo el reloj del móvil y advierte que se ha hecho tarde para ir a la última clase del día. No necesita decírmelo porque yo ya me he percatado también y caminamos quedamente hasta el aula de clases, sin emitir palabra alguna.

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