sábado, marzo 23

Turn and run
Nothing can stop them
Around every river and canal
Their power is growing.
[The return of the Giant Hogweed,
Genesis]

viernes, marzo 22

24

Terminamos de debatir el asunto de la medicación y, acto seguido, dispone del reciente silencio para mencionar que en ese momento está en conversación con su obsesión. Pregunto si su obsesión tiene nombre y (tan maldita que es la obviedad) responde que sí. "Está jodido", susurra. Prosigue, ahora con un toque de mayor volumen en su voz, diciendo que le recuerda a sus viejas épocas llenas de matices grises y que le hace mal no poder ayudarlo. "Habla de irse lejos, de dejarlo todo...". Comienza su cuerpo a oscilar levemente y se lleva las manos cruzadas al pecho, como queriendo contener un corazón que explota por salírsele. Interrumpo para intentar tranquilizarle pidiéndole que por favor respire  y se controle, y al parecer lo logro al cabo de unos cuantos minutos. Le incito a que le invite a un sitio pacífico para que puedan hablar personalmente. A causa del temor refuta inicialmente, pero después termina cediendo y concluye en que es lo mejor. Sigo escuchando sus palabras, recitadas con un tono progresivamente sereno, hasta que mira de reojo el reloj del móvil y advierte que se ha hecho tarde para ir a la última clase del día. No necesita decírmelo porque yo ya me he percatado también y caminamos quedamente hasta el aula de clases, sin emitir palabra alguna.

martes, marzo 12

Día 1

"No se supone que dolería tanto", dijo enjugándose las lágrimas con rabia y desprecio. Vistazo detallado al espejo: su hermoso cabello negro estaba un toque más que despeinado, el rostro mostraba una patética tonalidad colorada y los ojos yacían inflados en medio de dolor y lágrimas retenidas. Dolor punzante y estómago revuelto. Volvió a la cama y con un torpe movimiento acercó un cubo para vomitar en él. Era la cuarta vez que lo hacia en menos de diez horas. Se incorporó y revisó el móvil. Abrió la aplicación de mensajes instantáneos y sin mirar a los otros destinatarios, se dirigió al único nombre que le interesaba. Recorrió el historial de conversación hasta que se cargaron un montón de mensajes antiguos. Antiguos y tintados de corazones rojos reventándose de amor. Hace veinticuatro horas recibió el último "te amo", al contraste de los "te odio" y "desearía jamás haberte conocido" recibidos aquella mañana. Sabía que había fallado pero no perdió la consciencia de que fue sin intenciones. Punzada dolorosa de nuevo. Una, dos, tres, cuatro lágrimas cayeron inesperadamente de sus ojos. Miró rápidamente al reloj y advirtió que habían pasado tres minutos del medio día. Era una lastima que no había parado de llorar desde hacía trece horas (a excepción de las cuatro que gastó durmiendo la noche pasada). La cabeza le reventaba de dolor  y la tristeza quemaba sus venas. Los insultos traerían secuelas importantes. Ana, la del hermoso cabello negro, no era falsa. Y sin embargo lo creyó porque él sé lo dijo, mezclado dulcemente en un enorme cóctel de insultos. Ansiaba no dejar de saborear la dulzura del desprecio y no sería complicado lograrlo: cinco timbres al móvil. Buzón de voz. De nuevo: dulce dolor.