Un repentino sentido de responsabilidad me sorprende mientras leo conversaciones pasadas y me sugiere que no continúe, que cierre el visor de historiales, apague la computadora y me vaya a dormir. O mejor aún: que lea textos escolares para el tan cercano regreso a clases.
No obedezco, ni siquiera me he tomado la molestia de prestarle más atención de la que le prestaría a un par de aliens ebrios. "Sobre aviso no hay engaño", me grita la mente con eco melancólico y poco a poco la pesadez de miles de recuerdos se apodera de mí.
No obedezco, ni siquiera me he tomado la molestia de prestarle más atención de la que le prestaría a un par de aliens ebrios. "Sobre aviso no hay engaño", me grita la mente con eco melancólico y poco a poco la pesadez de miles de recuerdos se apodera de mí.
