Abro al azar el cuaderno de tapa dura en tono verde esmeralda y lo hojeo con detenimiento, encontrando un billete doble de avión de mi último vuelo a Los Ángeles, varios retazos de mis estudios de botánica, metafísica y salud emocional, tres páginas a modo de diario íntimo que datan del octubre pasado y algunas letras de canciones, además de una pluma de ganso que recogí en el rancho ubicado en aquella avenida del lado oeste.
Mi preciado souvenir. Toco la suave
estructura blanquecina con motes terrosos y automáticamente me viajan a la
mente y al cuerpo las sensaciones certeras de que ahí fui feliz, las que me
recuerdan que en ese espacio terrenal reconocí con alegría sincera la
tranquilidad permeada de pintorescos atardeceres que se adornaban aún más con
su preciada compañía: la del muchachito con los ojos verdes más lindos que habré
visto últimamente. Esos iris que me invitan a perder la razón desde el año en
el que me titulé y yo continúo aceptando como si fuera la gala más importante
del siglo (a este punto, me atrevería a decir que de la existencia entera).
Adoré explorar facetas nuevas,
hasta ahora desconocidas, de mi personalidad influenciada a lo largo de varias
generaciones previas. Me encantó sentir el viento soplándome a la cara mientras
me elevaba unos cuantos metros sobre el suelo, sin temor alguno porque él, mi
muchachito ojiverde, me cuidaba desde el centro de mandos del mini tractor. Escuchar
los sonidos de múltiples cuadrúpedos y aves de corral. Amé sentir su cotidiana presencia
a la diestra del sofá cama cada mañana y cada noche, justo después de abrir y
antes de cerrar mis ojos, con algún abrazo en plena madrugada. Admirar su bien
formada espalda tatuada que reza un poderosísimo “Forever grateful” (del cual
quiero mi propia versión), surcada por múltiples pecas preciosas, tan numerosas
como el nivel de amor que siento por él. Disfruté sobremanera de besar esos
labios tiernos con el aliento más dulce sin distinción horaria e insertar mis
meñiques en los hoyuelos enormes de sus lóbulos en ambas orejas, oír el
sonido sinfónico y acompasado de su respiración, soñarlo para después despertar a su
lado. Reconocer el arte creativo que materializó en construcción. Quepo fácilmente en la definición de enamorada.
Hoy día, conservo la sensación de pertenencia a ese lugar y a los seres que me acogieron con ternura durante casi dos meses, misma que no entiende de tiempos ni de trayectos, que no se apaga con la distancia ni con los silencios. Intemporal es el recuerdo de la huella en el barro, la brisa entre los árboles y el creciente amor genuino que se manifestó dentro de nosotros en aquel espacio rural, una complicidad que sobra de definiciones.
Con la paz de saber que lo único eterno es el instante compartido, guardo mi tesoro de pluma blanca en el mismo cuaderno, con la certeza de que siempre será parte de nosotros dos.
Amarte.


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